Pasaron muchas cosas en nuestro país desde 1983 a la fecha, pero por sobre todas las cosas, hemos pasado nosotros, como pueblo. Y hemos pasado lo que se dice, por encima de todo, literalmente. Por encima de los hombres, de los niños, de los ancianos y de la historia. Con todo esto, no queda más que darnos cuenta que hemos pasado también por encima de los valores, y claro está, hasta por encima de la verdad. Esa verdad tan clara e irrefutable que alguna vez nos hizo libres y hoy sin embargo, ha quedado tan bastardeada que ya se duda de lo cierto y se da crédito a lo falaz. Porque obviamente, la mentira ha quedado a la misma altura que la verdad, exigiendo sus derechos y reclamando un precio, que no es ni más ni menos que la propia sangre de ese pueblo que la ha llevado peligrosamente a ocupar ese lugar. Los argentinos no somos democráticos. En tiempos de gobiernos de facto, salimos a reclamar a viva voz por nuestros derechos constitucionales, y en tiempos de democracia, protestamos porque la Señora Constitución está obsoleta. Es que eso somos. Lo que no se ajuste al poderoso de turno, se lo pisa, se lo aniquila, se lo miente descaradamente disimulado con el manto de idealismo, y con el tiempo, da igual si los idealistas siguen siendo jóvenes o aún en su decrepitud siguen aferrados a un discurso de mentiras revolucionarias que tiene como único objeto hacerse del botín. Porque la sociedad argenta, tan panqueque como sus dirigentes, a todo le dice no. No al robo. No a la corrupción. No a la mentira. No a la represión. No al terrorismo. No al comunismo. Y hasta ahí, veníamos bien, pero luego, cuando es su partido el que está en el poder, las cosas pasan a ser: "Roban, pero hacen". "No son corruptos, hay una campaña en su contra". "Es una persecución". "Los quieren ver presos". Y cuando los condenan, con sobradas evidencias del delito, pasan a ser "presos políticos". Y sale la horda de cómplices por un lado, fans por el otro, a pedir hasta en la mismísima ONU por la libertad de esos "pobres presos políticos" que "robaban al país pero antes la gente comía", y por culpa de los que los encarcelan, ahora esa gente "tiene que trabajar todos los días". No quieren represión, pero cuando la horda se descontrola, y "piquetea" las calles hasta debajo de las piedras porque quiere dinero sin trabajar, "donde está la policía que no los saca??". Repudian el terrorismo, pero en Francia, o en el Congo, aquí no, aquí en Argentina, son "jóvenes idealistas" y los tienes un día con la foto de perfil en las redes sociales enmascarada con la bandera francesa al grito de "JeSuis... lo que venga, y cuando menos te lo esperas, te zampan una foto del Che o guardan un minuto de silencio por la muerte de Castro. Eso somos. Ni democráticos, ni respetuosos de las leyes. Un hato de obsecuentes y consecuentes con los códigos propios según convenga. Ya sean éticos, morales o legales. Da igual. Somos, como dijo Discépolo, la Biblia junto al calefón.
Posted by Peronista Con Secuelas
julio 21, 2017
Pasaron muchas cosas en nuestro país desde 1983 a la fecha, pero por sobre todas las cosas, hemos pasado nosotros, como pueblo. Y hemos pasado lo que se dice, por encima de todo, literalmente. Por encima de los hombres, de los niños, de los ancianos y de la historia. Con todo esto, no queda más que darnos cuenta que hemos pasado también por encima de los valores, y claro está, hasta por encima de la verdad. Esa verdad tan clara e irrefutable que alguna vez nos hizo libres y hoy sin embargo, ha quedado tan bastardeada que ya se duda de lo cierto y se da crédito a lo falaz. Porque obviamente, la mentira ha quedado a la misma altura que la verdad, exigiendo sus derechos y reclamando un precio, que no es ni más ni menos que la propia sangre de ese pueblo que la ha llevado peligrosamente a ocupar ese lugar. Los argentinos no somos democráticos. En tiempos de gobiernos de facto, salimos a reclamar a viva voz por nuestros derechos constitucionales, y en tiempos de democracia, protestamos porque la Señora Constitución está obsoleta. Es que eso somos. Lo que no se ajuste al poderoso de turno, se lo pisa, se lo aniquila, se lo miente descaradamente disimulado con el manto de idealismo, y con el tiempo, da igual si los idealistas siguen siendo jóvenes o aún en su decrepitud siguen aferrados a un discurso de mentiras revolucionarias que tiene como único objeto hacerse del botín. Porque la sociedad argenta, tan panqueque como sus dirigentes, a todo le dice no. No al robo. No a la corrupción. No a la mentira. No a la represión. No al terrorismo. No al comunismo. Y hasta ahí, veníamos bien, pero luego, cuando es su partido el que está en el poder, las cosas pasan a ser: "Roban, pero hacen". "No son corruptos, hay una campaña en su contra". "Es una persecución". "Los quieren ver presos". Y cuando los condenan, con sobradas evidencias del delito, pasan a ser "presos políticos". Y sale la horda de cómplices por un lado, fans por el otro, a pedir hasta en la mismísima ONU por la libertad de esos "pobres presos políticos" que "robaban al país pero antes la gente comía", y por culpa de los que los encarcelan, ahora esa gente "tiene que trabajar todos los días". No quieren represión, pero cuando la horda se descontrola, y "piquetea" las calles hasta debajo de las piedras porque quiere dinero sin trabajar, "donde está la policía que no los saca??". Repudian el terrorismo, pero en Francia, o en el Congo, aquí no, aquí en Argentina, son "jóvenes idealistas" y los tienes un día con la foto de perfil en las redes sociales enmascarada con la bandera francesa al grito de "JeSuis... lo que venga, y cuando menos te lo esperas, te zampan una foto del Che o guardan un minuto de silencio por la muerte de Castro. Eso somos. Ni democráticos, ni respetuosos de las leyes. Un hato de obsecuentes y consecuentes con los códigos propios según convenga. Ya sean éticos, morales o legales. Da igual. Somos, como dijo Discépolo, la Biblia junto al calefón.
Posted by Peronista Con Secuelas
julio 21, 2017
1.
Choque
o impresión emocional muy intensos causados por algún hecho o
acontecimiento negativo que produce en el subconsciente de una persona
una huella duradera que no puede o tarda en superar.
Ej.: "no supera el trauma de haberse criado en el seno una familia de extracción peronista"
Aunque la definición habla por sí misma, no está demás dejar en claro que nada es casual sino causal.
Tenía apenas 6 años cuando mi abuela me regaló un pin con la cara de Evita. No tenía certeza si se trataba de la cara de mi madre, o algún personaje de Disney, pero en cambio si sabía, que se trataba de algo bueno, o por lo menos la emoción con la que mi abuela me lo había clavado a la altura de la tetilla izquierda, bien "pegadito al corazón" era la impresión que me dejaba.
Corría de esquina a esquina como alma que se la lleva el viento sin sacar la vista del pin, no sea que empezara a flamear y me lo perdiera.
Me preguntaban los vecinos:
- que llevas ahí que miras con tanta fijación?
- a Evita, porque soy peronista, como mi abuela! - les respondía a los gritos con una euforia que jamás supe explicar pero que si la ponía feliz a ella, no podía ser menos para mi. Y corría yo, feliz, exultante, inflando el pecho para que se viera bien mi regalo que ya a esas alturas con tanta corrida, había dejado de ser pin para convertirse en condecoración.
Andaba en eso cuando mi abuelo, "radical de Irigoyen" como se autodefinía, le dijo a mi abuela por lo bajo: "verás tu, que con el correr del tiempo, lo único que lo atará a ese pin es el hecho de saber que ha sido su abuela quien le dió ese regalo, y como tal, lo llevará grabado en su corazón, sin explicaciones ni más argumento que ese, que fue un regalo de su abuela y por lo tanto ahí se queda. La mujer? Evita, de algún pueblo, vaya a saber uno cual. Que más da, si estamos hablando de un regalo por demás entrañable."
Pasaron los años y nada es igual. Y en medio de tanto y tan poco, cuando miro para atrás pensando en el delante no dejo de preguntar "decí por Dios que me has dao, que estoy tan cambiao, no sé más quien soy"
Soy algo así como un
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